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Revista Nana | La revista

Y... me convertí en mamá

Noticia publicada el 22-05-2018

Me despierta un dolor de cabeza insufrible, no siento sus movimientos. Salto alertada de la cama, me preocupo y pienso: “llevo 40+2 semanas de embarazo controlándome los niveles de la tensión arterial, resulta que tengo síntomas y no siento a la peque”. Chocolate, sin duda, seguro que la estimula y activa, pero tampoco. Me invadió el miedo...  Acudí al hospital. Una vez allí, acontecieron procedimientos contrarios a lo que había solicitado en mi plan de partos. No sé si lloré más al colocarme la cinta de prostaglandinas o cuando me administraron la epidural, pero no por dolor, sino por frustación y negación. El trato fue excelente y me sentí apoyada e informada en todo momento. Me había preparado en cuerpo-mente-alma y me creía empoderada pero esos sentimientos desaparecieron como el humo.

Hace 29 meses de mi parto. Ahora lo recuerdo como un instante, donde me sentí arropada por mi pareja y acompañada en el inicio del viaje hacía nuestra consolidación como familia. Ese 5 de Noviembre a las 8:38 llegaba Nora, después de 22 horas de inducción y un expulsivo rápido. Me costó remontar de aquellos sentimientos de frustación y fracaso. Me sentí afortunada de vivenciar un parto vaginal, pero decepcionada conmigo misma por no haberme puesto de parto y disfrutar de un expulsivo más sentido.

Piel con piel desde el primer instante y lactancia materna en el acto, parecía que todo fluía sin problemas. No pasaron 24 horas y tenía los pezones totalmente agrietados. Quería correr a casa, refugiarme en mi guarida con mi cría y autosolucionar nuestros problemas en la más absoluta intimidad. Decidimos irnos de alta voluntaria y restringir las visitas en casa. Al compás del inicio de la lactancia, despuntaban nuestras necesidades para criar como sentíamos que teníamos que hacerlo. Esto nos ha costado críticas y consejos (no solicitados) de familiares y algunos amigos. Salir de casa siendo pareja y volver como familia, es una experiencia digna de vivir, con todos los aspectos positivos que ello conlleva y con algunos que no lo son tanto.

Había escuchado lo de pertenecer a una tribu, pero creí que eso no iba conmigo, mejor sola y a mi manera. Nada más lejos de la realidad, a los dos días de estar en casa, las grietas empeoraban y la niña bucheaba sangre procedente de mis pezones. Necesité ayuda profesional, acudí a mi matrona, corregimos detalles de la postura y el agarre. Pasaron 20 días en los que sangré, sudé y lloré, no quise escuchar a nadie, no quería consejos ni me apetecía estar acompañada. No estaba preparada para pertenecer a ninguna tribu, ni grupos de lactancia, ni amigas lactantes. Finalmente, conseguimos una lactancia satisfactoria, sin dolor, ni grietas y sin realizar un Kamasutra entre bebé y mamá en la búsqueda de la postura correcta. No sé explicar qué sucedió, pero de pronto me di cuenta que ya no me dolía, habíamos conseguido una lactancia placentera.


Tras 29 meses de lactancia y redactando mi experiencia, considero que la tribu es necesaria, contar con una red de mujeres cercanas, familiares, amigas o desconocidas. Sin presiones, sin consejos, acompañando el momento. Ahora, puedo afirmar que necesité mi tiempo para conectar conmigo misma, aceptar que era mamá e interiorizar todos los cambios. Necesité tiempo para conectar con mi bebé, presentarnos y reconocernos. Necesité tiempo para reconocer a mi pareja en su faceta de padre, comprender su papel de protector y acompañante, considerar sus propuestas como alternativas a la situación, entendiendo que él era tan primerizo como yo. Necesité tiempo para reconocer a mi red de apoyo, comprender que familiares y amigos intentan ayudar, cada uno desde su manera de hacer las cosas.

Durante el embarazo leí muchísimo sobre lactancia, incluso recuerdo dormir con el libro de Carlos González “Un regalo para toda la vida” debajo de la almohada. Además, consideraba que tenía bagaje en el tema por mi experiencia profesional. Sin embargo, la realidad me superó, fui una mamá recién parida, inmersa en pleno puerperio, vulnerable y temerosa. En momentos me sentí como la leona más salvaje y potente de toda la selva, pero en otras ocasiones parecía un pajarito enjaulado que ni piaba por temor.

A día de hoy, reconozco momentos en los que he querido tirar la toalla, forzar un destete por propia necesidad, he tocado fondo, nadado en mis sombras y vuelto a resurgir. Ser mamá lactante me ha supuesto una revolución personal, revolver en mis  instintos más animales y lograr que afloren. Me ha sido imprescindible reconectar con mi ser más íntimo para establecer una lactancia exitosa. Desde mi punto de vista, considero oportuno informarse durante el embarazo. Acudir a grupos de lactancia, compartir experiencias con otras mamás (lactantes o no), conocer que es maravilloso que tu hijo/hija se alimente a través de ti, pero siempre conectada a la realidad, sin expectativas previas, sabiendo a lo que nos vamos a enfrentar. Una vez iniciada la lactancia, contar con una red de apoyo, para solucionar dudas, o simplemente, sentirnos acompañadas.

En definitiva, mi hija Nora llegó para revolucionar mi mundo, ponerlo patas arriba y mantenerlo en continua evolución. No me cansaré jamás de agradecer su existencia.•

Maeva Pérez Castellano
Enfermera pediátrica

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